Brasil | Colombia | 5 minutos de lectura
Actualmente, escuchamos discursos que exaltan la restauración y los acuerdos de paz, la creación de espacios de diálogo horizontal y equitativos. Sabemos que estas narrativas surgieron en diferentes contextos y momentos históricos, hay registros literarios como se observa en Casa grande & senzala – Gilberto Freyre (1933) en el que destaca el servilismo negro, la pasividad y el laconismo como ingredientes necesarios para la consolidación de los lazos mestizos, beneficios para la construcción social. La falaz democracia racial destacada desde antes del siglo XIX camufla la truculencia existente en las relaciones interraciales y, a partir de ello, afirma las críticas recibidas, los reclamos elaborados y los cuestionamientos de los negros como situaciones deshonestas, injustas y hasta desleales a la mano que les da de comer.
Para las mujeres negras, estar en espacios mayoritariamente blancos exige esfuerzos indecibles para resistir ataques violentos y constantes disparadores de alerta activados a partir de acciones repetitivas heredadas generación tras generación de la blancura. La constante alusión a los abusos sexuales sufridos por nuestros antepasados dentro de la casa grande, torturas físicas y psicológicas cometidas por los caucásicos esclavistas, trajo como agravante las constantes amenazas, ya sea a sus propias vidas o a las severas represalias de los suyos. Los descendientes de negros siempre han revivido acciones derivadas de esta lógica: el descrédito histórico combinado con el narcisismo de la blancura – Cida Bento (2014), blancura que aún determina los espacios y trayectorias negras a partir de la negación de sus valores étnico-raciales, afro-religiosos y más que eso la nulidad de su propia negritud. La pasividad que prevalece es combinada por características fenotípicas (tono de piel, textura del cabello, rasgos negroides y estructura corporal) y por afinidad con la hegemonía de la blancura (tono de voz, vestimenta, religión y coadunación), estas prácticas han sido reificadas a lo largo del tiempo, y hoy entendemos que las mujeres negras a las que se llama enfadadas, histéricas, no queridas, desagradecidas, groseras, irrespetuosas, injustas e incluso racistas son aquellas que en algún momento denunciaron, señalaron y no admitieron las penurias y opresiones infligidas a ellas o a su entorno.
Normalmente acciones como estas, de repudio y revuelta blanca se basan en la certeza absoluta del valor de su palabra, la lágrima blanca vale millones (condena y absuelve a cualquiera) y el coitadismo/victimismo de la blancura vale oro, sobre todo cuando el oponente es negro, la blancura rápidamente pone en duda la palabra y la credibilidad negra. Aún así, sin ninguna ceremonia, la blancura utiliza sus privilegios históricos acuñados por el racismo estructural para alborotar cuando algo no sucede como ella quiere, juzga desde su juicio moral, utiliza su sentido común y sus subjetividades para humillar y pronunciar todo lo que le parece bien, porque es libre de disfrutar, delegar y exigir que los negros cumplan los caprichos blancos, porque tiene a su favor el Pacto de Blancura. Para obtener cierto favor de la blancura, algunos negros incorporan sus costumbres y manierismos, defienden sus ideales y los idolatran de facto. Estos comportamientos repercuten en el conjunto de la comunidad negra y provocan varios problemas (ausencia de identidad y supresión de referencias negras, agudiza las polaridades, genera malentendidos sobre la pertenencia y la ascendencia negra) porque cualquier desliz o divergencia puede provocar un descarte sin precedentes, generando así un no-lugar (descarte de los blancos y ruptura con los negros). El utilitarismo de la figura del negro instrumentalizada por la blancura está relacionado con el proceso de obsolescencia programada, es decir, para la blancura el negro sirve mientras sea útil, tenga garantizada su validez mientras la blancura lo utiliza para mostrar que son inclusivos e incluso reafirmar la postura antirracista de fachada.
El acuerdo de paz basado en la diáspora consiste en acciones profundas que replantean el proceso de reivindicación de los negros en la historia y el reconocimiento de su contribución a la construcción social, consiste en cuestionar a la blancura en cuanto a su voluntad de renunciar a sus privilegios o sólo ofrecer migajas para que otros puedan experimentar los granos que quedan en la mesa. Esperamos que un día nuestra reparación sea hecha con maestría, que nuestros bienes robados por la blancura, vuelvan a nuestro reino y que el sentido de nación y dignidad revolucionaria un día realmente exista, por ahora, usamos nuestros medios para escribir para vivir. Conceição Evaristo (2017).






