Historias en la fila de la cárcel, los gemelos

Colombia | 12 minutos de lectura

Las cárceles en sí suelen ser lugares donde se encuentran y se cuentan demasiadas historias, a veces muy tristes, otras que dejan lecciones y aprendizajes a veces más para quienes estamos afuera que para los que están dentro, pero al fin de cuentas historias donde el centro de atención gira en torno a quien cometió un delito.

Pocas veces nos preguntamos… Pero ¿quiénes están detrás de ellos?, si, si, si, aquellos que en silencio acompañan a los privados de la libertad, ese pequeño grupo de apoyo casi invisible que a veces incluso puede sufrir más en la libertad que quien está tras la reja, puesto que pudo haber quedado más limitado en tanto aquel que se encuentra confinado en un establecimiento de reclusión era su medio de subsistencia o más bien supervivencia… Es aquí donde inicia esta corta historia de lo que a veces encuentra en el tiempo de espera en una fila… 

Cada ocho días mi mamá sagradamente visitó a mi padre (esta es otra historia que luego les contaré), en una cárcel cualquiera, en realidad no creo que sea importante el nombre… Yo siempre la acompañaba y veía como ella saludaba y saludaba personas -me hubiera encantado tener esta habilidad de ella- entre la gente que saludaba me llamaba la atención una señora que siempre visitaba a su esposo y cuando se podía llevar a los niños ella llegaba con su par de gemelitos, tendrían escasos 4 años… .

Un día llegué a la cárcel y papá me dijo que alguien quería hablar conmigo, jamás habría pensado que era el papá de los niños que siempre robaron mi atención al ingresar. En fin, mi papá que siempre creyó que yo podía salvar el mundo porque estudiaba en la universidad – si se hubiese dado cuenta de que no era solo eso; la universidad, si no el corazón que cultivó en mí desde niña-, pensó que quizá lo podía orientar en qué hacer frente a su situación legal.

Aunque creo que mi papá me metía en enredos, nunca le decía que no y en ese momento no fue la excepción, le dije que me mostrara al señor, cuando lo hizo además me dijo que él era el esposo de la “muchacha que entraba con unos gemelitos, unos negritos lo más de curiositos” recordé que siempre este señor me llamaba la atención cuando iba de camino al patio porque lo veía con unos papeles debajo del brazo y muy desesperado mirando por encima de la gente a veces incluso su respiración la sentí agitada y otras tantas sentí que tuvo la necesidad de decir a la gente que él era inocente y que imaginar que las personas le creían lo hacía tranquilizarse.

Tuve la oportunidad de hablar con él y escuchar su historia donde narraba la forma injusta en que se había dado su encarcelamiento, por ello siempre reiteró que era inocente y que su desesperación radicaba en que su esposa y sus gemelos de más o menos cuatro años se encontraban desamparados pues era él el único sustento de su familia.

Cuando él habló de lo desamparada que se encontraba su familia entendí muchas cosas que pasaron el día que mi mamá había saludado a su esposa quien llegó con los niños a la fila, ellos, los niños se veían realmente felices y es normal que los niños en su inocencia obvien la cruda realidad de una cárcel, pero había algo más duro detrás de todo ese derroche de risas y energía, cuando mi mamá le dijo a la señora “tan lindos los niños, como están de contentos porque van a ver a su papá” la respuesta fue muy natural para la señora e inesperada y confrontante en mi caso… La señora respondió que además de estar contentos por ver a su papá, que era una vez al mes que se permitía en el establecimiento, también lo estaban porque iban a comer bien…

Mi confrontación, inició con la actitud natural en que la señora lo dijo, ya que el sufrimiento para ellos era parte de su día a día y pareció estar bien, por otro lado, ¿me preguntaba qué puede tener de rica o nutritiva la comida en la cárcel para que un niño prefiera esta que la que se prepara a manos de su madre? ¿O era en realidad que los niños estuvieron expuestos a largos periodos de hambre? En realidad, son preguntas que no resolví, pero que me generaron gran desconsuelo, puesto que se supone que los niños son prioridad en cualquier latitud.

Habiendo escuchado y con la impotencia de pensar que era poco lo que podía hacer solo le prometí en ese momento al señor que hablaría con una amiga que se movilizaba por casos de injusticia a ver si ella le podía ayudar en algo de su caso. Fue así como hablé con mi compañera de la universidad y conté la historia, ella muy indignada con la situación me pidió los datos del señor en la cárcel y me dijo que trataría de ver como lo podía ayudar.

A la semana siguiente llegué de nuevo a visitar a mi padre y le preguntó por el señor porque no lo había visto al ingresar, me dijo mi papá que un día lo llamó del patio y le dijeron que se quedó en libertad, como todo fue tan rápido , mi papá me decía que no se podía despedir, pero que a lo lejos él saltaba y le decía a mi papá “gracias”, “gracias” mi papá lo vio muy feliz y me decía “yo solo le voleaba la mano a ese güevon ” y que se alegraba mucho sobre todo por los niños, ya que es más difícil sobrellevar la cárcel si se tiene pequeños pues son indefensos ante tanta adversidad.

También le pregunté a mi papá que quién lo había sacado, que si mi amiga había ido a la cárcel… solo me dijo que vio que una mujer lo visitó varias veces en la semana y luego de ello llegó su libertad. Al día de hoy no sé. Luego me enteré de que había cancelado el semestre. En todo caso, fueron mi amiga u otros se crearon el hecho y esa noche seguro esa familia durmió tranquila, quizás con hambre y muchas necesidades, pero ya con el abrigo de su padre que daba todo por sus pequeños.


¿Cómo llegué a esa fila en la cárcel?

— Jeniffer

Soy Jeniffer, la hija de Marta y José. Marta, una mujer costeña consagrada a sus hijos, ama de casa, alegre, amante del vallenato y consentidora. Mi padre, José, como él mismo se decía un “berraco pal trabajo” un campesino templado que cuando fue desplazado por la violencia se volvió a su tierra y se dedicó a ser el señor de los “trasteos” del barrio. Aunque distante, era un padre con un amor y orgullo por sus hijos incalculable. Aunque realmente diferentes mis padres por las “supuestas” diferencias entre regiones, estas se conciliaron en el amor y de allí nacía yo. Ellos, aunque no superaron la básica primaría creían que el camino era el “estudio” y por ello me mandaron a la escuela y me gradué. Luego me insistieron en que la Universidad era el siguiente paso y para mí, orgullosamente la pública fue la opción.

Fue así entonces como entré al Instituto Tecnológico Metropolitano y me gradué como Tecnóloga en Construcción, posterior a ello ingresé a la Universidad de Antioquia por una inquietud con asuntos sociales, entonces me gradué de Administradora en Salud con énfasis en Servicios de Salud, en mi pregrado realicé trabajo en las cárceles desde una perspectiva de salud pública y por ello soñé con una Maestría que me permitiera adentrarme más en la investigación y que esta estuviera al servicio de las personas que han sido excluidas en la sociedad, en mi caso particular fueron las Personas Privadas de la Libertad, entonces me convertí en Magíster en Salud Pública de la Universidad de Antioquia. 

Desde el 2009, en términos de investigación, he venido trabajando con las poblaciones privadas de la libertad hombres y mujeres, en temas relacionados con el acceso y provisión de servicios de salud y especialmente en 2016 con ocasión de mi maestría se abordó el Derecho a la Salud de Personas Privadas de la Libertad.

Haber abordado este tema en mi maestría, me abrió las puertas en la academia y desde el 2016 me desempeño como docente de cátedra en la asignatura Sistemas de Salud en los programas de pregrado de Administración en Salud y Gerencia en Sistemas de Información en Salud y además , antes de mi grado de maestría, me encontré trabajando en temas de gestión académico-administrativa en la coordinación de posgrados de la Facultad Nacional de Salud Pública de la Universidad de Antioquia.

“¡Que a su hijo no lo lleven a ese lugar!”

‘Hoy traen la pinta’ esta pareciera ser una expresión despectiva o descalificante, pero no, muchas veces es la que se utiliza cuando un padre privado de la libertad en una cárcel se refiere a su hijo.

Las visitas de los niños a sus padres o madres en la cárcel no son muy frecuentes, de hecho, en algunas es una vez al mes.

Estos padres entonces esperan a sus pequeños, algunos llegan en los brazos de su madre, otros dando sus primeros pasos y varios corriendo en busca de sus padres cuando por fin se superan los filtros de seguridad; en el peor de los casos, otros no llegan pues viven lejos o simplemente no hay recursos para llevarlos; otros ni siquiera piensan en ir a la cárcel a ver a su padre porque este ha dado la orden de que a su hijo no lo lleven a ese lugar. En todo caso, cuando llegan como todos los niños con su alegría, engrandecen el lugar que frecuentemente está sombrío y lleno de sentimientos de tristeza y desesperación.

Es importante garantizar los derechos de los niños por lo que en sí representan. Pero este grupo de niños en particular hijos de privados de la libertad tienen la magia de transformar expresiones duras de sus padres y la angustia de aquellas madres tras las rejas.

Como sociedad debemos ser conscientes que en las cárceles no se tienen condiciones que propicien la resocialización, pero ¿qué tal si como sociedad nos volcamos a darles condiciones que les permitan a estos niños desarrollarse de forma integral? ¿Por qué no dar razones a través de sus hijos a estas personas en las cárceles para creer que el cambio es posible y que se puede gestar a través de esta generación de padres y madres tras las rejas?

Creo que la garantía de derechos a estos niños nos reivindica en términos de justicia como sociedad y si aquellos que ya se hacen perdidos se convencen de que esa ‘pinta’ puede ser su cuota para resarcir sus errores, habremos ganado como sociedad.

Debemos tomar cada una de esas ‘pintas’ y unirlas en un mural que represente el perdón bidireccional entre víctimas y victimarios.


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